La puerta, dícese del vano de forma regular abierto en una pared, una cerca, una verja, etc., desde el suelo hasta una altura conveniente, para poder entrar y salir por él. Elemento tan sencillo, tan útil, e, inconscientemente, tan mágico gracias a las infinitas posibilidades que ofrece y entre lo mas importante es que tiene el poder de dividir al mundo.
El ruido de la calle inunda nuestros tímpanos mientras el humo se hace con nuestros pulmones; el sopor y el cansancio pesan sobre nuestros hombros y desesperados cruzamos el umbral de nuestra casa para ingresar a ese sombrío y callado lugar cargado de nuestra personalidad, de nuestro encanto; sin advertirlo, dejamos atrás todo ese trajín y nos recluímos en nuestro paraíso con el simple hecho de poner un pie más allá, con el simple hecho de cruzar el marco.
En la puerta confluyen millones de sueños, de anécdotas, de vidas, de ilusiones, de destrucciones, de creaciones, de amores, de lágrimas, de sufrimientos, de risas, de saltos, de caminares, de pensares, de muertes y de despertares; es un minúsculo punto en el universo, pero todo, en su inmensidad, termina ahí, impotente e indiferente como cualquier ráfaga de viento transitoria y comienza un mundo de posibilidades más reales, de sueños mas descabellados y de ilusiones mas potentes. Comienzan los debates internos mientras el fuero habla de posibles vivencias que quedarán rezagadas y ocultas bajo el peso de la fragilidad personal y... ¡SILENCIO!.
No hay quien me juzgue, ni quien me atormente, solo estoy yo, oculto de tanta desgracia y de tantas vueltas que da el destino empujado por la vida. Solo yo, dando gracias a Dios por poder llegar para callar tanto ruido que me agota sin conocer que me llaman cobarde por darle la espalda a un mundo al cual no le conozco ni el perfil de la nariz.

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